domingo, 8 de febrero de 2009

Juan Carlos Pineda González

Juan Carlos Pineda González se levantaba cada día a las cinco de la madrugada. La alarma del celular golpeaba las celulas receptoras de su oído y no le quedaba más que abandonar sus sueños, que en su mayor parte oscilaban entre la visión de un mundo paradisiaco, de praderas verdes y lagunas cristalinas, y por otro lado fantasías de tinte erótico, atiborradas de doncellas vírgenes que lo rodeaban y se unían a el en orgías de proporciones bíblicas. Entonces, cuando abría los ojos su primer pensamiento era en lo fácil que sería acabar con la rutina matadora, con el esfuerzo que se estaba llevando la vida, llenándolo de una pezades intrínseca, como llevar sacos de plomo en la mente. Sin embargo, rompía con esa corriente de conciencia cuando tomaba el control remoto y encendía la TV, que a esas horas aún no comenzaba con el bombardeo de informaciones distorcionadas y recortadas, no, a esa altura aún podían verse rancias películas de principios de los noventa, traspasando sus colores gastados a las paredes de la habitación, dándole un aspecto lisérgico. Esta primera visión televisiva era la droga que ayudaba a Juan Carlos a desprenderse de sus retorcidas reflexiones y zambullirse de un salto en las aguas del sistema al que, según sus propias palabras, "pertenecía por obligación". Así, se levantaba de las cálidas sabanas y tocaba con los pies una superficie bastante extraña al tacto, una aleación entre dureza y suavidad, ondulaciones por doquier y finalmente un languetazo caliente: era su perro Federico, fiel compañero, su único amigo real en la vida y ya un hijo a estas alturas, "El único que me permite abrirme la piel y sangrar lo que soy" reflexionaba. El can sentía la presión de los miembros inferiores de su amo y los langueteaba con energía, daba la sensación de que lavaba las heridas de unos pies cansados, daba la impresión de que les quería transferir su vitalidad innata para ver algun día una sonrisa sincera en el rostro de su compañero. Entonces Juan Carlos besaba a su perro en la frente y lo abrazaba, le hablaba como si fuera otro ente de su especie y le preguntaba como había estado su descanso, "¿Qué soñaste esta noche Fede?, te vi moverte mucho cuando dormías". El perro respondía con movimientos en la cola, parecía comprender lo que le querían transmitir. Sin embargo este espacio de intimidad perro-hombre se veía interrumpida por el recuerdo súbito que llegaba como un rayo, la evocación de la labor que lo esperaba, del reloj que corría y los minutos justos. Apurado corría a prender el calefont y meterse a una ducha tibia. Juan maldecía mentalmente ese primer chorro de agua como si fuera su peor enemigo, ya que era la sensación que lo hacía deshacerse definitivamente de la realidad onírica, era el torrente que dividía su vida en dos y. sin embargo, necesario. Luego un desayuno fugaz, un té y una tostada, un poco de alimento para perros deleitaba a Federico.
Y llegaba el momento. Cuando toda la rutina de levantarse estaba cumplida Juan sabía que llegaba la hora de abrir la puerta de su intimidad y salir al pasillo de luces a medio prender, de focos rotos y rayados en las murallas, de jeringas botadas en el suelo y manchones de sangre por doquier. Era la primera impresión que le daba el mundo exterior siempre que salía de su pequeño departamento. Tres pares de cerrojos eran atravesados por su manojo de llaves, en un ritual que despertaba en el una sensación sutilmente parecida al efecto de la heroína, ya que
cuando terminaba de sacar la tercera llave, el ser más preciado en su existencia estaba a salvo, su perro-hijo no iba a ser arrasado por la ciudad y por unos momentos esa seguridad le entregaba un éxtasis mental.
Se iba con esa fugaz sensación de placer caminando por el pasillo, hasta que llegaba al ascensor, rechinante como una estructura oxidada, pero que aún servia fiel a los cientos de personas que habitaban el edificio. A esa hora casi nadie había salido a trabajar aún, por lo que casi siempre estaba vacío, con su espejo astillado en mil pedazos reflejando solamente la persona de Juan, su facha perfecta, un terno reluciente. El viejo abrigo de su padre encima y su cara bien afeitada, con aroma a colonia. Pelo corto y limpio. Lo único que le molestaba y que lo hacía dudar respecto a su imagen exterior eran sus ojos, que se reflejaban partidos en mil pequeños trozos en los espejos, efecto que sin embargo no lograba esconder su enrojecimiento,
sus ojeras amoratadas, su aspecto muerto, como si de tratase de una pista al interior de su verdadero ser. "El puto fármaco nunca da resultado" pensó Juan, y salió del ascensor con paso que parecía firme, pero que sin embargo más convenía ser llamado autómata. Su reflejo quebrado se desvanceció cuando se cerró la puerta rechinante. La luz del ascensor se apagó y una gota de agua cayó al suelo.


1 comentario:

Kotho dijo...

buena narrativa estimado feanor, se puede observar algunas influencias o matices de lo que hemos pasado en la U.

Espero saber más sobre el señor pineda en alguna otra oportunidad


saludos