El siguiente es un texto que encontré de casualidad en la red y que me pareció bastante interesante y práctico. Pese a que está escrito en España haciendo referencia a su realidad, es perfectamente aplicable a nuestro contexto, donde el uso de la bicicleta se masifica cada vez más, no así el respeto de la institucionalidad por los usuarios ni tampoco el de los automovilistas por el ciclista.
Debo aclarar que esto no es un manifiesto anti-automóvil (que nos ayudan en muchas situaciones cotidianas), si no que una demostración de que la contribución a nuestro ambiente y a nuestra propia salud (y bolsillos por cierto), está ahí, al alcance de la mano, incluso económicamente, considerando la abismante diferencia de precios entre un automóvil motorizado y una bicicleta. Obviamente cuando es posible y cuando las distancias sean razonables.
Espero incentivar con el ejemplo a usar la cleta y como iniciativa a futuro lograr que sean aceptadas en los medios de transporte públicos, al menos en el metro (MERVAL), donde no sé cuál es la misteriosa razón para que estén prohibidas. O sea humanizar el transporte, y hacer de nuestros viajes un poco más contactados con el entorno: creanme que avanzar por la orilla del mar aunque haga mucho frío es una experiencia excelente.
¿Qué creen, están en contra de la bici, prefieren la comodidad de un auto, les da lo mismo? ¿Por qué no la usan, por que sí? ¿Qué falta para masificarla en nuestro país? Bienvenidas sean sus opiniones.
Elogio de la Bicicleta por Ricardo Marques.
En la reciente década de 1970, el pensador Ivan Illich escribió: “El americano típico consagra más de 1.500 horas por año a su automóvil: sentado dentro de él, en marcha o parado, trabajando para pagarlo, para pagar la gasolina, las llantas, los peajes, el seguro, las infracciones y los impuestos (…) Estas 1.500 horas le sirven para recorrer unos 10.000 kilómetros al año, lo que significa que se desplaza a una velocidad de 6 kilómetros por hora”, aproximadamente la mitad de la velocidad que desarrolla un ciclista urbano sin esforzarse.
Más de 30 años después, las palabras de Illich siguen siendo válidas, excepto que ahora se podrían aplicar a la práctica totalidad del mundo desarrollado más las economías “emergentes” de Oriente; es decir, a buena parte de la humanidad.
Hoy sabemos, además, que este uso compulsivo del automóvil es uno de los mayores responsables del crecimiento desbocado de las emisiones de gases de efecto invernadero, de la pérdida de habitabilidad de las ciudades –grandes y pequeñas–, del enorme gasto de tiempo social provocado por los atascos, de que la calle haya dejado de ser un lugar transitable para niños y ancianos, del deterioro de buena parte de nuestros monumentos y lugares de encuentro tradicionales y del enorme estrés al que viven sometidos los habitantes de las grandes ciudades.
En España, las emisiones de gases de efecto invernadero directamente ligadas al sector transporte han crecido más de un 80% desde 1995, aproximadamente el doble que el crecimiento global de tales emisiones, hasta superar la cuarta parte del total. No obstante, basta con echar un vistazo a los planes de movilidad que se redactan en nuestro país, desde el recientemente aprobado Plan de Infraestructuras hasta los planes del más humilde ayuntamiento, para darse cuenta de que el automóvil privado sigue siendo el rey con muy raras excepciones.
Como mucho, se anuncian planes de fomento del transporte público –generalmente en forma de costosas infraestructuras como trenes AVE o metros urbanos– y, al final del documento, se hace una breve mención de la bicicleta, sin planes ni compromisos concretos, ni mucho menos un presupuesto mínimamente digno, quizás para cumplir sobre el papel con algún compromiso político adquirido en algún foro nacional o internacional, como la Carta de Aalborg o la Semana Europea de la Movilidad, que cada septiembre nos sirve para denunciar las vergüenzas de la insostenible inmovilidad que padecen la mayoría de las ciudades españolas.
Sin embargo, bicicleta es, con mucho, y pese a su inmerecido ostracismo, el vehículo más eficiente y mejor adaptado a la movilidad urbana. La gran mayoría de los desplazamientos urbanos no superan los 10 kilómetros, una distancia perfectamente asumible por un ciclista.
La bicicleta, además, está completamente libre de emisiones nocivas, no hace ruido, es saludable, apenas sí ocupa espacio urbano circulando y para aparcar –mucho menos, desde luego, que cualquier otro vehículo–, y no necesita costosas infraestructuras. ¿Por qué, entonces, es sistemáticamente ignorada por quienes planifican la movilidad urbana en España?
Cuando se les pregunta suelen responder que “en España no hay cultura de la bicicleta”, pero aparte de que dicha afirmación resulta extraña en un país que acaba de ganar tres Tours seguidos, el ejemplo de las escasas ciudades españolas que han decidido tomarse en serio la bicicleta (Barcelona, Donosti-San Sebastián y Sevilla) desmiente radicalmente dicha afirmación. En todas ellas ha bastado una mínima inversión pública, desde luego incomparablemente menor que la dedicada a otros medios de transporte, para provocar una impresionante aceptación ciudadana, más allá incluso de lo esperado por los propios promotores de la idea.
La bicicleta ofrece la única alternativa eficaz a la creciente demanda de un modo de transporte individual, flexible y, al mismo tiempo, ecológicamente sostenible para las modernas ciudades suburbanizadas con grandes áreas de población dispersa y horarios cada vez más flexibles. De ese modo, la moderna ciudad suburbanizada y postindustrial, que parece haber perdido la escala humana debido a la superpoblación y a las largas distancias, empieza a recuperar de nuevo esa escala para el hombre –y la mujer– en bicicleta.
Por otro lado, la intermodalidad entre la bicicleta y el transporte público de gran capacidad, que es ya moneda corriente en muchas ciudades del norte y centro de Europa, es la solución más adecuada, ecológica y eficaz a las crecientes necesidades de movilidad en las grandes metrópolis. A este respecto, la jornada bicicleta-transporte público-bicicleta, apoyada en consignas y aparcamientos para bicis en las terminales del transporte público y/o en los sistemas de bicicletas públicas que ciudades como París, Barcelona o Sevilla están experimentando tan eficazmente, no conoce rival ni en coste, ni en eficacia ni en sostenibilidad.
En la actual ciudad automovilizada, la bicicleta solo tiene un inconveniente: hay que tener una mente libre de prejuicios para poder apreciar sus ventajas.
Ricardo Marqués es profesor de la Universidad de Sevilla.

2 comentarios:
Me parece muy interesante el artículo. La ventajas de la bicicleta son claras y efectos negativos, en el sentido de que sean perjudiciales, no hay o no se me ocurre ninguno. El hecho de la distancia podría ser una desventaja.
Aún así situandonos en el contexto nacional, la cultura de la bicicleta aún es escasa, aunque pienso que va en un paulatino aumento, por lo menos algunas municipalidades del país han construido ciclovías, las cuales han promovido el uso de las bicicletas. Aunque lamentablemente, las áreas donde se han instalado estas ciclovías generalmente son lugares como de paseo, para recrearse por lo que se pierde un poco el aspecto funcional conlleva el uso de la bicicletas. Un ejemplo claro es el borde costero de Viña.
Otro problema grande que veo yo, es que no hay lugares donde dejar la bicicleta, no hay lugares para "estacionar" la bicicleta. Esa es una de las grandes trabas que yo veo que existe que impide el uso de las bicicletas de forma más masiva, viéndolo desde una perspectiva como medio de transporte diario y no sólo como elemento de recreación y hacer deporte. Esto último es uno de los motivos por los cuales me abstengo de usar la bici.
Lo otro con respecto a las distancias, es una gran idea el usar medios de transporte como el metro, que por ejemplo, nos llevaría de Viña a Valparaíso, y dentro de las ciudades nos movemos en bici. Es una gran idea para recorrer grandes distancias. Como salía en el texto: bici - medio de transporte - bici.
Otro pero que yo veo, por lo menos en nuestra ciudad, son los cerros. El vivir en una ciudad con tantos cerros, como Valparaíso y en menor medida Viña, dificulta el uso de la bicicleta, porque todos sabemos lo complicado que es subir un cerro en bici. Habría que tener duchas en todos lados xD.
Pero creo que una solución sería revivir los ascensores de Valparaíso, sería una gran solución de apoyo al fomento de la bici.
Bueno eso, espero que el uso de la bicicleta siga en aumento como medio de transporte alternativo, por el bien de todos y cada uno mismo.
Saludos
Acá reportándome. Me haces sentir un tantito culpable por tener mi bici tan botada, tal vez me decida a retomar los viajes en bici y retomar también con ella esas ventajas muy visibles que dices, al bolsillo y a la salud. Si pudiera meterme con la bici al metro seguro que andaría mucho más en bici, y mucho más en metro. Y bueno, de los grandes beneficios que mencionas me hace mucho sentido el poder convivir más con la cara agradable del paisaje urbano que se entremezcla con el paisaje natural, el borde costero es uno de ellos. O tal vez si se es más como yo y se disfruta aún de pasear entre los monumentos de concreto de nuestra modernidad entonces la bici también es un buen aliado, acorta las distancias y permita deslizarse dinámicamente entre los paisajes que nos son menos cotidianos en nuestra propia ciudad, aquí tengo que hacer el paralelo y a la vez justificarme de haber abandonado en parte los antiguos viajes ciclísticos, no es que en verdad haya cambiado el transporte individual por la locomoción colectiva, sucede que descubrí otro buen aliado para viajar con el pelo al viento, el skate, no más que este último sirve para cubrir distancias mucho menores que la bici, para ir de acá para allá, en valpo o en viña pero no del uno al otro, para cubrir ese viaje sin duda la bici! Mi compromiso es a abandonar la estaticidad estacional y retomar nuestros antiguos paseos por el borde costero pedaleando.
Ahí te ves, dear friend.
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