lunes, 27 de diciembre de 2010

La fábrica

Entré en la fábrica abandonada como lo solía hacer cada tarde de Enero, cuando las luces estaban en su fase terminante y le daban al paisaje ese tono anaranjado que tanto me gustaba. Algo en esos aceros oxidados por el paso del tiempo me atraía de sobremanera, una sensación que no sabría como explicar, y que también incluía mucho de temor y desconfianza. Las viejas estructuras que alguna vez fueron el orgullo de una nación en plena expansión industria, ahora no eran más que el resabio de una época de incesante andar al son de la máquina más literal, más mecánica, menos digital. Las gigantescas paredes hoy ya no existían, por lo que podía observarse la multitud de pilares que como una decadente obra de arte en las penumbras alguna vez sostuvieron el pesado techo que protegía las máquinas y a los obreros de las inclemencias del tiempo. Siempre caminaba por el estrecho sendero del bosque de robles que rodeaba a la ex fábrica, y cuando llegaba a la planicie frente al mar donde se encontraban los restos del edificio, me parecía estar pasando desde la vida palpitante a otra forma de existencia, a un testimonio guardado en los huesos y los movimientos que alguna vez fueron dados en ese lugar, ahora muerto para algunos (durmiendo para mi). Y entonces ese día de verano entré una vez más como decía, y casi por arte de magia surgio una vez más la sensación de que yo era parte de aquel cadáver maquinal, de que las pequeñas flores y la vegetación crecida entre el cemento desaparecía y nuevamente los obreros circulaban llenos de grasa negra en sus manos, manipulando las herramientas de metal para la elaboración de aquellas preciadas tecnologías que hartían parir por enésima vez los suelos ricos en minerales. “Es verdad”, pensé. Y sentí como me fui haciendo uno con los pensamientos de los hombres en su jornada laboral, como imaginaban el cuerpo desnudo de sus parejas en la cama, en el mar del que tenían una vistra privilegiada pero que las paredes parecían decir no existía, de las ganas de engullirse aquel trozo de carne que tenían guardado, del partido del fin de semana o de la cerveza que tenían comprometida con los amigos. “Sí eso sería bueno…” hablaba en voz alta. Entonces agarré por el martillo industrial y comenzé con la rutina de golpeteo por milésima vez en el día. Ya estaba acostumbrado al retumbar en todo el cuerpo que producía esta máquina, a esta altura ya era una extensión de mi cuerpo. Compañera de jornada y de pensamientos y fantasías, tal vez algún día remoto alguien pueda pararse sobre las ruinas de este lugar y contemplar algo más bello que hombres transformados en máquinas.

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