
Era un poblado en medio del desierto. Seco y amarillento, más bien limpio. Muy pequeño y lleno de casas vacías, gobernada por los insectos y alimañas que habitan estos lugares en tiempos en que ha hecho efecto el secreto impulso que lleva al hombre a querer siempre más, a moverse constantemente. Cuando llegué me embargó una extraña sensación de culpa, algo que penetraba dentro de mí a través de todos los sentidos, nada sobrenatural por cierto, una sensación indescriptible, pero que era totalmente física. Parecía que el color amarillento y terroso de las bajas construcciones, que alguna vez deben haber sido los hogares de los habitantes de este decrépito y remoto lugar, me embargaba y hacía que me acusara yo mismo de algún crimen que nunca cometí, pero del que me veía obligado a confesar.
Seguí caminando por las callejuelas vacías, mirando al pasar los troncos de árbloes pequeños, que se erguían secos, retorcidos, como condenados a pasar su miserable existencia bajo un implacable sol, condenados a ir cayéndose molécula a molécula bajo la acción de un clima inclemente.
Finalmente llegué al centro de aquella intrigante aldea.
Era una plaza cuadrada, sin arboles, llena de tierra que además se levantaba con la furia del viento caliente. No tenía nada de especial, salvo que justo en el medio, como colocada bajo la influencia de un ser todopoderoso ante mi llegada, se erguía una estructura de madera, como una especie de terraplen, que servía para observar mejor el macabro espectáculo que se consumaba sobre esta inconcebible obra.
Muchos podrán decir que el efecto que el clima desértico extremo mermó mis sentidos de tal forma que caí en un estado de locura momentánea, que a su vez me puede haber llevado a decir lo que ví, y de hecho nadie ha tomado en cuenta mis palabras en los años venideros a esta aventura extraña. Sin embargo, yo te puedo asegurar, amigo, que mis sentidos no me engañaron, yo estoy más que seguro, sé que lo que ví, oí y olí es un hecho empírico, irrefutable si cualquier ser humano me hubiera acompañado en ese momento. Asi que créeme que jamás escribiría esto como una forma de conseguir fama o fortuna.
Antes incluso que pudieran mis ojos enfocar lo que estaba pasando sobre aquel cuadrado de madera elevado sobre la superficie, fue el olor pútrido lo que me causó una gran impresión, un olor a materia orgánica descompuesta hace meses. Entonces alzé los ojos y por un instante sentí oprimido el corazón al punto de que creí que estallaría. Lo que se presentaba ante mis ojos era, por decir lo menos, extraordinario.
Dos hombres vestidos de forma muy elegante y con aspecto distinguido estaban colgados de los brazos, atados con cadenas a largos palos de aproximadamente tres metros, colgaban con una expresión de estar con la mente por otras galaxias, o bajo efectos de algún efecto psicotrópico. Mientras los hombres colgaban, un ser realmente inexplicable desde el punto de vista humano los iba besándo en las manos y pies, para luego con una especie de cáctus irles inflingiendo herídas punzantes en la cara, el estómago, las piernas... todo el cuerpo al final. La criatura que guiába este ritual era una especie de robot, con forma humana y conexiones de cables, que junto con el acero verdoso, le daban la imagen de un hombre cuya piel había sido sacada, y se lograban ver todos sus musculos.
Los pobres hombres se iban desangrando mientras el ser de inteligencia artificial continuaba monótonamente su tarea. Entonces ya secos los cuerpos (pero aún en un estado de letargo), vi a la máquina ir sacando trozos de cada individuo y pegarselos a su propio cuerpo. Ni un sonido, ni un chirrido, ni un movimiento brusco. Sucesivamente sacó ojos, brazos, genitales, piernas, corazones, cerebros y los fue uniendo en una masa indescriptible.
Finalmente comenzó una danza, en la que solo él parecia oir la música que lo tenía en trance. Tras unos instantes algo parecido a una explosión sofocada llegó a mis oídos, como si hubiera venido de un lugar muy lejano... las piezas del robot comenzaron a caer poco a poco mientras bailaba, los trozos de carne se despegaban, los ligamentos de acero caían duramente, su cabeza se estrelló con un sonido de vacío.
Todo quedó en silencio, mientras los esqueletos enrojecidos se iban secando al sol y miles de piezas metálicas yacian en el suelo junto con piel y músculos en descomposición.
Me arrodillé y miré al suelo. Un olor familiar. Humano... la tierra era piel humana pulverizada.
Incineré todo... Vi todo arder mientras me alejaba del lugar por un desierto lleno de esqueletos.

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